Cuando me desperté no habían
pasado ni dos horas. Abrí apenas un ojo y vi una espalda flaquísima y el humo
de un fósforo que volaba por encima del hombro derecho. Los pelos de la nuca
enrulados caían sobre un saco tejido a mano, de color mostaza. Pantalones de
jeans gastados y unas ojotas de goma bordó completaban el cuadro que pude
observar desde la silla done me había dormido. Ahí estaba, de frente a la pava
y a la hornalla, Lauro, el tío de Robertito, el amigo de todos y todas, la
persona más silenciosa de toda la ciudad. Delgado como un escarbadientes, oyó
el crujir de la silla apenas me moví y se dio vuelta para mirarme, y posando su
dedo índice, largo como la noche que me había llevado hasta ahí, sobre sus labios
finísimos me miró con algo más que sus dos ojos achinados para hacerme notar
que no haga ruido, que Robertito seguía durmiendo y que “vos dormí tranquilo si
queres…”
Hacía bastante tiempo que no lo veía. De chico, antes de conocerlo, me encantaba verlo caminar por las veredas. Siempre vestido igual, siempre con el mismo andar que no demostraba preocupación. La primera vez que fui a lo de Roberto ahí estaba él. Sentado donde ahora estaba sentado yo. Para ese momento ya teníamos la edad en la que todo nos impresionaba, sobre todo el hablar pausado y la manera de contar las cosas que tenía Lauro. Ese mismo día también supe su nombre y supe, por mi amigo, que había amado desesperadamente a una mujer durante eternos años y que la vida misma quiso que tanta felicidad se le fuera al carajo cuando a ella le detectaron un cáncer terminal; que juntos lucharon hasta donde pudieron, que habían viajado, que habían soñado por ellos y por todos y que finalmente, sin sentirse derrotados ella un buen día tuvo que decir adiós. Desde esa despedida, le habían contado a Roberto, “el tío nunca más volvió a tener novia”, cuando la realidad, como sabría años después, era que el Lauro nunca más había podido volver a enamorarse, y que nunca había dejado de amar a Renata.
A nosotros nos fascinaba que nos cuente historias que ni sabíamos (creo que nunca sabremos del todo) si eran o no eran ciertas, porque para nosotros todo lo que decía Lauro era verdad, se nos hacía carne y salíamos a caminar a la noche hablando sobre nuestras posibilidades de poder hacer algo parecido a lo que Lauro había hecho. Cuántas veces dijimos, entre nosotros, “encontré a mi Renata”, pensando que ese amor único como el de Lauro había llegado.
Ahí estábamos, en la cocina, como hacía mucho no estábamos. El olor que deja el fósforo cuando se apaga lo inundaba todo. No pude más que abrir completamente los dos ojos y levantarme a tirar la yerba, para darme cuenta que el mate no estaba más arriba de la mesa y que el tío ya estaba en proceso de renovarlo.
Me paré estirando los brazos y
las piernas. Noté que Robertito seguía durmiendo con la espalda para arriba y que el viento le seguía refrescando la nuca. Caminé apenas dos pasos hasta
donde estaba Lauro y me dijo, en voz bien bajita, que vaya a la vereda, que ahora
llevaba el mate, que quería saber cómo andaba y qué andaba haciendo por
ahí. Sin pensar casi, le hice caso y me
fui derecho a sentarme en el cordón de la vereda. Era de mañana todavía, no
había mucho sol y el cielo estaba apenas gris y un poco más blanco. Ahí lo
esperé, viendo como no pasaba nadie por la calle…
No hay comentarios.:
Publicar un comentario