Mientras me miraba caminar hacia allí ya había pedido un
vaso más.
Ahí estábamos los dos, como hacía años no lo estábamos, como lo
habíamos estado muchas veces sin saber que estaríamos tanto tiempo sin volver a
estar. Quisimos charlarnos de todo, pero la marea de gente no tardó en llegar.
Unos tras otros y unas tras otras, como si la mesa tuviera un imán, iban y
venían de nuestra conversación. Sin que yo me hubiera dado cuenta de la
situación, Robertito se había vuelto una persona imprescindible en la vida de
quienes estaban llegando a la vasqueada. Yo sólo tenía recuerdos de algunas
caras, que prefería no saludar. Así y todo la mesa no paró un segundo de
recibir visitas. Era por lo menos extraña la situación de ser presentado a cada
momento por mi amigo, inventando credenciales para los dos: títulos,
trabajos, ocios que no existían. “Total después se olvidan”, me decía.
No tenía más remedio que creer en su genio, seguirle la corriente al verlo
sonreírse, disfrutar de las historias que se inventaba, ver cómo hacía y
deshacía ficciones de las mejores. Un chiste tras otro, a cada momento y en
cada situación. Grupos de hombres, mujeres, jóvenes, viejos; nadie faltó esa
noche en nuestra mesa. Parecía como si
todos quisieran estar ahí sentados, al menos un rato, al menos para reírse, al menos para recordar alguna historia que tal vez era inventada, sentir que se habían
sentado en esa esquina, con Robertito, como si fuera algo para después contarle
a los nietos.
Yo lo veía moverse con total facilidad, incluso cuando no
recordaba los nombres de quienes se le acercaban; incluso cuando no recordaba
qué nombre él les había dado al conocerlos. Esa noche escuché que lo llamaron
con tres o cuatro nombres distintos, y que cada nombre tenía detrás de sí una
historia, que él no recordaba bien pero que podía medianamente hilar cuando le
daban algo con qué comenzar. Era un
truco que usaba hace muchos años. No le gustaba su nombre, aunque con el tiempo
aprendió a tomarlo con humor e ironía, usándolo para sacarles sonrisas a muchas
mujeres, sólo por el gusto de verlas reír. “Ellas se ponen contentas y vos te
divertís”, me solía decir.
En ningún momento de la noche hizo de cuenta que yo no estaba ahí, ni me dejó
en ridículo, ni se hizo el desconocido ni dejó de presentarme. Todo lo contrario. Tal vez esa noche,
porque estábamos solos, lo sentí mucho más cercano. Cuando empezaba a contar
una historia me tocaba el pie por debajo de la mesa, me pisaba como cuando
teníamos trece años y yo no lo miraba para que me pase las señas del truco. Me
hacía quedar exageradamente bien con todos y todas, y aprovechaba al máximo los
momentos en que no había nadie más sentado en la mesa para preguntarme “cosas
serias”. Él mismo se ponía serio y le cambiaba la voz, como cuando se preocupaba
realmente, lo cual no sucedía a menudo. Diría que se preocupaba mucho más por
mi presente que por el suyo, aunque yo le insistía que no dejara pasar tanto
tiempo para hacer las cosas que a él le gustaran. Me decía que tenía razón,
pero que él iba despacio, que a lo mejor todas pensábamos que no estaba
haciendo nada o estaba muy desorientado pero él se encontraba muy bien, estaba
disfrutando mucho de las cosas que hacía, “aunque no te parezca Mauri…”, me
decía, y se echaba a reír.
Así y todo estaba un poco cansado de que siguiera cayendo
gente a la mesa. Quería hablarme de música, de lo que había estado escuchando;
de libros, de mujeres, de Buenos Aires. Llegó a decirme apenas que le había
encontrado la vuelta a la ciudad, que ni bien termine el verano iba a viajar de
nuevo e intentar instalarse.
Cuando hablaba de esos temas me agarraba el
paquete de cigarrillos, jugaba un poco con el envoltorio, sacaba uno, se lo
pasaba por los dedos largos, se lo ponía en la boca y me miraba: “¿qué lindo,
no?, pero no puedo, no paro de toser…”, y se reía a carcajadas finitas. “Lo mismo que
saber de vinos, ¿no?”, le decía yo, para envalentonarlo. “Claaaaro… una minita,
un vinito, en invierno, quedas como un duque, pero nunca le agarré la mano.”
Enseguida volvía a la seriedad de los
temas que para él eran solemnes: quedarse un tiempo más en Buenos Aires, mi
presente, la música. Todo eso lo ponía serio, hasta que llegaba la próxima
visita a la mesa. Entre tanto me decía que le parecía muy bien que me haya
tomado la relación con Manuela en serio, que me envidiaba por no poder tener él
mismo una relación así y "haberla dejado pasar".
Yo sabía que él estaba contento realmente, pero que no
era su intención estar en pareja. Yo sabía que prefería tener otra relación con
las mujeres, aunque toda la experiencia de esa noche, todos los momentos “serios”
que estábamos teniendo me indicaban que a lo mejor yo estaba más equivocado de lo que pensaba,
y que tal vez ahora las cosas eran diferentes.
“Vos te despertas y estas acompañado de alguien que queres un montón”, me
decía, contento, como con ganas, como si yo no lo supiera y no valorara a
Manuela, “y eso vale mucho, y muchas veces me dan ganas de tener lo mismo que
vos”.
Sin duda que una de las características esenciales de Carlitos es su honestidad, al
menos con los amigos. En realidad, más que la honestidad, diría que la amistad
es su máxima realización. Nunca me dijo, a mí ni a ningún otro amigo, “lo que
queríamos escuchar”, sino todo lo contrario, lo que de verdad pensaba.
Intentaba por todos los medios no mentirse ni mentirnos. Si no entendía, no
entendía; si pensaba de alguna manera, te lo decía y chau, como cuando te decía
que “déjate de joder, vos estas para cosas mucho mejores”, si te veía con una
piba que no le gustaba para vos. Esto era aún más profundo cuando te sentabas mano a
mano con él. Ahí ya no tenía que metamorfosearse según la conversación, y se
adentraba de lleno en un sincericidio absoluto y descarnado, que te llevaba
puesto hacia el abismo mismo de la sinceridad. Ahí mismo fue que me explicó con
detalle muchas de las cosas que le habían pasado y que le pasaban esos días y me
di cuenta de muchos cambios, al tiempo que me daba cuenta que esa noche no
íbamos a poder hablar todo lo que quisiéramos. Sobre todo lo que tenía que ver
con Manuela. Ellos dos habían tenido una historia profunda, compleja, dentro de
la cual yo me había enamorado un poco de cada uno, pero mucho más de ella,
sobre todo porque él no le daba la menor importancia a la relación.
Esa noche, en la cual, entre otras cosas, yo esperaba hablar largo y tendido de
ese asunto, cada vez que comenzábamos a hablar seriamente sucedía algo, al
punto que ya nos mirábamos como sabiendo que esa no era la noche para hablarnos
sobre eso.