viernes, 28 de febrero de 2014

Escuela tomada "Carlos Fuentealba"

- Imagínate un banco vacío
- Sí, puede ser
que alguien haya faltado
que esté enfermo
que se haya rateado
- Imagínate dos bancos vacíos
- Sí, se fueron juntos
lxs dos
Llovió, se inundó, se embarró
- Imagínate un aula vacía
- Sí, por refacción
sin calefacción
sin luz
- Imagínate todas dos aulas vacías
- Me cuesta, pero sí
ha pasado, pasará…
- Imagínate una escuela vacía
sin risas
sin gritos
sin llantos
sin tizas
sin niños
sin niñas
sin corridas
sin vidas
- …demostrame que no es así, gracias a ustedes.
26 – febrero - 2014

jueves, 20 de febrero de 2014

Lauro y su viaje al mar

Lauro y su viaje al mar

Llegó con la pava en una mano y el mate en la otra. Los brazos raquíticos, las venas bien marcadas, entre un azul clarito y un verde acuoso. De frente se le veía la chomba gastada metida dentro del pantalón, el cuello apenas grande le hacía ver uno pelos grisáceos en el pecho. Me señaló con los ojos un lugarcito debajo de un árbol, casi al reparo de la resolana del cielo blanco y me dijo “descansemos un poco a la sombra de nosotros mismos y hablemos.” Hablaba así. Sabía cientos de poemas de memoria. Decía que eran una forma más de tener a Renata siempre un poco más cerca, y a nosotros nos divertía mucho que hablara con esas frases, más cuando alguna se nos quedaba pegada y la podíamos usar para beneficios propios.
Me corrí un poco sin pararme, usando los brazos como piernas y llegué debajo del árbol donde quería que nos sentemos. “Aquél está durmiendo todavía. Me parece que hace unas cuantas noche que no usaba la cama para dormir”, me dijo, sin esperar ninguna respuesta. Me imaginé que tenía razón. Era lo más probable que mi amigo no haya dormido más de dos horas en los últimos días, de modo que decidimos, tácitamente, no despertarlo.    
Después de haber probado el primer mate, delicioso, con la temperatura del agua justa y el gusto suave de la yerba, se me ocurrió preguntarle por Renata. En esos momentos yo estaba plenamente enamorado de Manuela, al menos así lo sentía, y creo que de alguna forma intentaba comparar mi amor con el que él había tenido. Sabía muy bien que podían ser tranquilamente dos situaciones distintas, pero así y todo tenía ganas de oírlo. Le conté en muy pocas palabras lo que me estaba pasando con ella, como para darle pie a su historia, como para que arranque el motor. En contra de lo que yo me imaginaba Lauro no tardo ni un minuto en empezar a contarme. Me daba la sensación de que necesitaba también él hablar con alguien, respirar un poco de otra manera, recordar, tenerla aún más presente. Así, me dijo, todavía me acuerdo cuando la vi por primera vez. Tengo la imagen pegada en las retinas. Nunca se me fue a ningún lugar. Yo tenía apenas quince años. Acompañaba a mi padre en uno de sus tantos viajes como vendedor. Después de recorrer el interior de la Provincia cientos de veranos, había decidido que esta vez se jugaría a todo o nada por conquistar las playas. A pesar de las quejas de mi madre por no estar en la casa haciendo las tareas y por mi bajo rendimiento escolar, que ella asumía producto de “trabajar con el señor Ortíz” (así le decía ella cuando se enojaba), ese Noviembre lo acompañé a mi viejo comprar todo lo que él creía que iba a vender en su viaje. Una vez que llenamos completamente el baúl y el asiento de atrás del auto, arrancamos los tres para la costa del país. Fue en ese viaje donde, aburrido como estaba ya de caminar por la arena, de escuchar a mi madre quejarse de los levantes del señor Ortíz, de que “¿vos no venís a vender acá?” y “¿dónde se supone que esta la plata de lo que vendiste?”, empecé a caminar por dentro de las ciudades. Hasta ese momento yo creía que los lugares de la costa lo único que tenían era justamente la costa. No me imaginaba ciudades enteras a más de tres cuadras de la playa. Pensaba que sólo la gente que estaba ahí iba en los veranos y que después no eran ciudades, sino sólo espacios donde la gente llegaba una vez por año para después de una o dos semanas volver a irse. Cuando comencé a alejarme de las playas y empecé a descubrir lo que ya estaba esperándome, me di cuenta de muchas de las bellezas que escondían estas ciudades-playas. Fue en uno de esos recorridos por un pueblito costero muy pequeño, donde mi padre había ido “nomás por el día Lauro, si nos va bien a la noche nos volvemos y sino al mediodía, porque me dijeron que no da para más”, que vi por primera vez a Renata. No pude olvidarme nunca el recorrido que hice: de la playa donde me separé del señor Ortíz, caminé derecho por la avenida principal, la única calle asfaltada del lugar, unas cinco cuadras. Sin saber todavía por qué, doblé en una esquina al azar, mientras iba mirando las casitas bajas y pequeñas. Seguí el camino por la calle de tierra, tres cuadras, y justo cuando se estaba por cortar la calle la vi. La casa era de ladrillos a la vista con puertas y ventanas de madera pintadas de verde. Tenía una tranquera y un pequeño patio delantero lleno de pasto y algunas plantas. En esos pastos, sentada en una silla playera amarilla estaba Renata. Leía un libro con las piernas cruzadas, tapadas con una manta que parecía traída de la india. A sus pies un perro marrón y blanco me miraba con demasiado poco interés, mientras que a su izquierda había una pava de metal, bellísima, y un mate pequeño con la bombilla apuntando hacia mí. Tenía la mirada achinada clavada en el libro. El día no se prestaba para ir a la playa recuerdo, y por debajo de la manta que le tapaba las piernas sólo se veía el pie derecho con una sandalia de cuero...                                                                                              

domingo, 9 de febrero de 2014

Lauro

Cuando me desperté no habían pasado ni dos horas. Abrí apenas un ojo y vi una espalda flaquísima y el humo de un fósforo que volaba por encima del hombro derecho. Los pelos de la nuca enrulados caían sobre un saco tejido a mano, de color mostaza. Pantalones de jeans gastados y unas ojotas de goma bordó completaban el cuadro que pude observar desde la silla done me había dormido. Ahí estaba, de frente a la pava y a la hornalla, Lauro, el tío de Robertito, el amigo de todos y todas, la persona más silenciosa de toda la ciudad. Delgado como un escarbadientes, oyó el crujir de la silla apenas me moví y se dio vuelta para mirarme, y posando su dedo índice, largo como la noche que me había llevado hasta ahí, sobre sus labios finísimos me miró con algo más que sus dos ojos achinados para hacerme notar que no haga ruido, que Robertito seguía durmiendo y que “vos dormí tranquilo si queres…”

Hacía bastante tiempo que no lo veía. De chico, antes de conocerlo, me encantaba verlo caminar por las veredas. Siempre vestido igual, siempre con el mismo andar que no demostraba preocupación.  La primera vez que fui a lo de Roberto ahí estaba él. Sentado donde ahora estaba sentado yo. Para ese momento ya teníamos la edad en la que todo nos impresionaba, sobre todo el hablar pausado y la manera de contar las cosas que tenía Lauro. Ese mismo día también supe su nombre y supe, por mi amigo, que había amado desesperadamente a una mujer durante eternos años y que la vida misma quiso que tanta felicidad se le fuera al carajo cuando a ella le detectaron un cáncer terminal; que juntos lucharon hasta donde pudieron, que habían viajado, que habían soñado por ellos y por todos y que finalmente, sin sentirse derrotados ella un buen día tuvo que decir adiós. Desde esa despedida, le habían contado a Roberto, “el tío nunca más volvió a tener novia”, cuando la realidad, como sabría años después, era que el Lauro nunca más había podido volver a enamorarse, y que nunca había dejado de amar a Renata.
A nosotros nos fascinaba que nos cuente historias que ni sabíamos (creo que nunca sabremos del todo) si eran o no eran ciertas, porque para nosotros todo lo que decía Lauro era verdad, se nos hacía carne y salíamos a caminar a la noche hablando sobre nuestras posibilidades de poder hacer algo parecido a lo que Lauro había hecho. Cuántas veces dijimos, entre nosotros, “encontré a mi Renata”, pensando que ese amor único como el de Lauro había llegado. 
Ahí estábamos, en la cocina, como hacía mucho no estábamos. El olor que deja el fósforo cuando se apaga lo inundaba todo. No pude más que abrir completamente los dos ojos y levantarme a tirar la yerba, para darme cuenta que el mate no estaba más arriba de la mesa y que el tío ya estaba en proceso de renovarlo.

Me paré estirando los brazos y las piernas. Noté que Robertito seguía durmiendo con la espalda para arriba y que el viento le seguía refrescando la nuca. Caminé apenas dos pasos hasta donde estaba Lauro y me dijo, en voz bien bajita, que vaya a la vereda, que ahora llevaba el mate, que quería saber cómo andaba y qué andaba haciendo por ahí.  Sin pensar casi, le hice caso y me fui derecho a sentarme en el cordón de la vereda. Era de mañana todavía, no había mucho sol y el cielo estaba apenas gris y un poco más blanco. Ahí lo esperé, viendo como no pasaba nadie por la calle…


lunes, 3 de febrero de 2014

Robertito IV (el viento)

Casi que se iba haciendo día. Apenas clareaba bien a lo lejos y un vientito empezaba a asomarse entre los árboles de la vereda donde estaba la mesa. Estaba por irme, pero no quería despedirme ni de él ni de la noche. Junté las cosas disimuladamente, aunque sin que el disimulo funcionara, por qué de inmediato me sancionó con un contundente ¡¿Qué haces?!”.  Me estaba muriendo de sueño después de un viaje largo, incómodo y sucio. Ahí nomás me dijo, como para que me quede, “está prohibido bajarse del poema en movimiento”, y se rió agarrándome el hombro, un poco para no caerse y otro poco para que no me caiga. “Mentira Mauri, vamos si queres, acá es más o menos siempre lo mismo…” “Dale”, le dije “y no te preocupes que no nos bajamos del poema”.
Empezamos a caminar por la vereda entre la poca gente que quedaba, saludando con los brazos apenas levantados, mirando hacia el piso. El viento se levantaba cada vez más, despacito, pero se dejaba sentir en el pecho. Con el día ya del todo clareado y en medio de los remolinos de tierra que se iban formando me invitó a tomar mates a la casa. Imposible negarme por más sueño que tuviera.
Llegamos antes de lo previsto. La puerta sin llave, la radio prendida, las botellas vacías y los libros abiertos. Así era, desde que tengo memoria, la casa de Robertito. Puso la pava, limpió el mate, lo llenó con yerba “3/4, como corresponde”, y se tiró en la cama, desde donde me gritó que por favor le prenda el ventilador o le abra la ventana, pero no las dos cosas, “hay mucha diferencia.” Mientras le ordenaba un poco la mesa y limpiaba un plato sucio con un poco de pollo y un “culito” de pizza, sentí que ya no hablaba. Esperé tranquilo que el agua tomara la temperatura ideal y cebé el primer mate, directo de la pava, como a él le gustaba. Me debatí entre despertarlo o dejarlo tranquilamente que descanse. Apilé los libros que quedaban y encontré un cuaderno de hojas lisas con algunos dibujos hechos con lápiz y un pequeño escrito:

“No hay dos vientos iguales. Lo sabía. No es lo mismo el que entra por la ventana, sin pedir permiso, esquivando la lluvia, que aquél que nos llega de un ventilador. No por nada no podemos elegir cuándo recibir el empuje del primero, mientras que el segundo está al alcance de la mano. Cómo viajaba el vientecito entre las hojas raídas del arbusto.
Si te digo lo que me gusta caminar por la cocina a oscuras, de noche o bien de madrugada, cuando el sol aún no ha salido. Abrir la heladera y con el simple tacto darme cuenta de los tomates, la lechuga y la temperatura de la botella de cerveza. La abrazo con los dedos de la mano bien abiertos, justo en la curva entre el cuello y el cuerpo casi fresco. “No, todavía le falta…” me digo. Dar media vuelta y desde la ventana quedarme mirando ese viento que sé bien qué trae. El ventilador de pie ya apagado, porque el viento se hace hecho más fuerte y con solo correr la cortina alcanza para refrescar el cuarto y el pecho, que se desvive enrulado, en línea con los pelos de la cabeza y la barba, medios mojados y en total desorden.”
Terminé de leer y lo mire, mate en mano. Completamente dormido descansaba Robertito, horizontalmente sobre la cama. El ventilador apagado, le ventana abierta, la cortina volando, el viento entrando. Tenía que irme, me senté en la silla y me dormí lentamente con su respiración.

Robertito III

Mientras me miraba caminar hacia allí ya había pedido un vaso más.
Ahí estábamos los dos, como hacía años no lo estábamos, como lo habíamos estado muchas veces sin saber que estaríamos tanto tiempo sin volver a estar. Quisimos charlarnos de todo, pero la marea de gente no tardó en llegar. Unos tras otros y unas tras otras, como si la mesa tuviera un imán, iban y venían de nuestra conversación. Sin que yo me hubiera dado cuenta de la situación, Robertito se había vuelto una persona imprescindible en la vida de quienes estaban llegando a la vasqueada. Yo sólo tenía recuerdos de algunas caras, que prefería no saludar. Así y todo la mesa no paró un segundo de recibir visitas. Era por lo menos extraña la situación de ser presentado a cada momento por mi amigo, inventando credenciales para los dos: títulos, trabajos, ocios que no existían. “Total después se olvidan”, me decía.
No tenía más remedio que creer en su genio, seguirle la corriente al verlo sonreírse, disfrutar de las historias que se inventaba, ver cómo hacía y deshacía ficciones de las mejores. Un chiste tras otro, a cada momento y en cada situación. Grupos de hombres, mujeres, jóvenes, viejos; nadie faltó esa noche en nuestra mesa. Parecía como si todos quisieran estar ahí sentados, al menos un rato, al menos para reírse, al menos para recordar alguna historia que tal vez era inventada, sentir que se habían sentado en esa esquina, con Robertito, como si fuera algo para después contarle a los nietos.

Yo lo veía moverse con total facilidad, incluso cuando no recordaba los nombres de quienes se le acercaban; incluso cuando no recordaba qué nombre él les había dado al conocerlos. Esa noche escuché que lo llamaron con tres o cuatro nombres distintos, y que cada nombre tenía detrás de sí una historia, que él no recordaba bien pero que podía medianamente hilar cuando le daban algo con qué comenzar.  Era un truco que usaba hace muchos años. No le gustaba su nombre, aunque con el tiempo aprendió a tomarlo con humor e ironía, usándolo para sacarles sonrisas a muchas mujeres, sólo por el gusto de verlas reír. “Ellas se ponen contentas y vos te divertís”, me solía decir.
En ningún momento de la noche hizo de cuenta que yo no estaba ahí, ni me dejó en ridículo, ni se hizo el desconocido ni dejó de presentarme. Todo lo contrario. Tal vez esa noche, porque estábamos solos, lo sentí mucho más cercano. Cuando empezaba a contar una historia me tocaba el pie por debajo de la mesa, me pisaba como cuando teníamos trece años y yo no lo miraba para que me pase las señas del truco. Me hacía quedar exageradamente bien con todos y todas, y aprovechaba al máximo los momentos en que no había nadie más sentado en la mesa para preguntarme “cosas serias”. Él mismo se ponía serio y le cambiaba la voz, como cuando se preocupaba realmente, lo cual no sucedía a menudo. Diría que se preocupaba mucho más por mi presente que por el suyo, aunque yo le insistía que no dejara pasar tanto tiempo para hacer las cosas que a él le gustaran. Me decía que tenía razón, pero que él iba despacio, que a lo mejor todas pensábamos que no estaba haciendo nada o estaba muy desorientado pero él se encontraba muy bien, estaba disfrutando mucho de las cosas que hacía, “aunque no te parezca Mauri…”, me decía, y se echaba a reír.


Así y todo estaba un poco cansado de que siguiera cayendo gente a la mesa. Quería hablarme de música, de lo que había estado escuchando; de libros, de mujeres, de Buenos Aires. Llegó a decirme apenas que le había encontrado la vuelta a la ciudad, que ni bien termine el verano iba a viajar de nuevo e intentar instalarse.
Cuando hablaba de esos temas me agarraba el paquete de cigarrillos, jugaba un poco con el envoltorio, sacaba uno, se lo pasaba por los dedos largos, se lo ponía en la boca y me miraba: “¿qué lindo, no?, pero no puedo, no paro de toser…”, y se reía a carcajadas finitas. “Lo mismo que saber de vinos, ¿no?”, le decía yo, para envalentonarlo. “Claaaaro… una minita, un vinito, en invierno, quedas como un duque, pero nunca le agarré la mano.”

Enseguida volvía a la seriedad de los temas que para él eran solemnes: quedarse un tiempo más en Buenos Aires, mi presente, la música. Todo eso lo ponía serio, hasta que llegaba la próxima visita a la mesa. Entre tanto me decía que le parecía muy bien que me haya tomado la relación con Manuela en serio, que me envidiaba por no poder tener él mismo una relación así y "haberla dejado pasar".
Yo sabía que él estaba contento realmente, pero que no era su intención estar en pareja. Yo sabía que prefería tener otra relación con las mujeres, aunque toda la experiencia de esa noche, todos los momentos “serios” que estábamos teniendo me indicaban que a lo mejor yo estaba más equivocado de lo que pensaba, y que tal vez ahora las cosas eran diferentes.
“Vos te despertas y estas acompañado de alguien que queres un montón”, me decía, contento, como con ganas, como si yo no lo supiera y no valorara a Manuela, “y eso vale mucho, y muchas veces me dan ganas de tener lo mismo que vos”.
Sin duda que una de las características esenciales de Carlitos es su honestidad, al menos con los amigos. En realidad, más que la honestidad, diría que la amistad es su máxima realización. Nunca me dijo, a mí ni a ningún otro amigo, “lo que queríamos escuchar”, sino todo lo contrario, lo que de verdad pensaba. Intentaba por todos los medios no mentirse ni mentirnos. Si no entendía, no entendía; si pensaba de alguna manera, te lo decía y chau, como cuando te decía que “déjate de joder, vos estas para cosas mucho mejores”, si te veía con una piba que no le gustaba para vos. Esto era aún más profundo cuando te sentabas mano a mano con él. Ahí ya no tenía que metamorfosearse según la conversación, y se adentraba de lleno en un sincericidio absoluto y descarnado, que te llevaba puesto hacia el abismo mismo de la sinceridad. Ahí mismo fue que me explicó con detalle muchas de las cosas que le habían pasado y que le pasaban esos días y me di cuenta de muchos cambios, al tiempo que me daba cuenta que esa noche no íbamos a poder hablar todo lo que quisiéramos. Sobre todo lo que tenía que ver con Manuela. Ellos dos habían tenido una historia profunda, compleja, dentro de la cual yo me había enamorado un poco de cada uno, pero mucho más de ella, sobre todo porque él no le daba la menor importancia a la relación.
Esa noche, en la cual, entre otras cosas, yo esperaba hablar largo y tendido de ese asunto, cada vez que comenzábamos a hablar seriamente sucedía algo, al punto que ya nos mirábamos como sabiendo que esa no era la noche para hablarnos sobre eso.
 

Robertito II

Yo recién bajaba del colectivo. La avenida principal desierta, poco iluminada. Las escalares de la escuela todas decoradas por las palomas. El edificio centenario cubre toda la manzana, las persianas casi se caen con un leve viento y las paredes están todas pintadas con aerosol. En la esquina de la escuela está una de las tantas paradas del colectivo. A la vuelta, el bar, la mesa de la esquina y la espera de Robertito. Tanta es la espera que es bajar y verlo. Apenas las 22.40, casi nadie aún anda por esa parte de la ciudad. “Lo del vasco” está todavía casi vacío. Entre el calor y la hora se tarda en abandonar el hogar, sobre todo si es viernes. El “vasco” no tiene aire acondicionado aunque sí grandes ventiladores en las esquinas, que para estas humedades sólo tiran más calor. 

Apenas unas parejas comiendo empanadas adentro. Afuera sólo Robertito espera. Ve pasar algún que otro auto y muchas motos, que aceleran al pasar por la esquina iluminada por el bar y lo ponen nervioso, putea al aire, se enoja sin perder de vista la chapita de la cerveza, que de a poco se calienta. 

Me ve a una cuadra. Sabe que soy yo, que no ha quedado nadie más; sabe que no aguantaba más en su casa, que salió caminando como para hacer tiempo, para alejarse del encierro del hogar. Cuando reconoce mi figura empieza a reírse. Te contagia, no hay forma de evitar esa boca sonriente, lúcida, aunque llegues y el comentario no sea de los mejores. Camino apenas una cuadra y media para llegar y nos saludamos, como sabiendo que esa noche no nos podemos fallar. 

Robertito I



La cuestión es así. Él te espera sentado en la mesa de la esquina, sobre la vereda. De lejos ya lo ves: pantalón largo oscuro, aunque el calor azota esa noche, camisa negra de mangas largas, de nuevo el calor, con los dos botones de arriba desprendidos y un estampado de flores sobre la parte de adentro del cuello. La mesa es chica; sólo hay una botella verde y un vaso por la mitad. A una cuadra parece serio: mira para todos lados arqueando las cejas, juega con la tapita de la botella arriba de la mesa, espera, no fuma, le gustaría.

sábado, 1 de febrero de 2014

A Ramón Cortes

me miraba como extraña
de la ruta a la alcaldía,
a la poblada petrolera
veinticuatro
febrero
2006
2009
no se supo
más nada.

Sólo pedir,
“que vuelque la traffic”
ocho años de no saber, de callar

la respuesta al dónde estas, ¿y el nunca más?
para que pasaran
los golpes

Ahí están
Silvana, Marcelo, Gabriela,
Johan, Bárbara
Gilda, un mes, la cárcel,
“no me saludaba”
(los ojos rojos, la lágrima, la bronca)
“¿por qué me queres?”


Van a venir por todxs…

Ramón Cortes, José Rosales, Hugo González, Pablo Mansilla, Carlos Mansilla, Daniel Aguilar, Ruben Bach, Darío Catrihual, Franco Padilla...