lunes, 3 de febrero de 2014

Robertito IV (el viento)

Casi que se iba haciendo día. Apenas clareaba bien a lo lejos y un vientito empezaba a asomarse entre los árboles de la vereda donde estaba la mesa. Estaba por irme, pero no quería despedirme ni de él ni de la noche. Junté las cosas disimuladamente, aunque sin que el disimulo funcionara, por qué de inmediato me sancionó con un contundente ¡¿Qué haces?!”.  Me estaba muriendo de sueño después de un viaje largo, incómodo y sucio. Ahí nomás me dijo, como para que me quede, “está prohibido bajarse del poema en movimiento”, y se rió agarrándome el hombro, un poco para no caerse y otro poco para que no me caiga. “Mentira Mauri, vamos si queres, acá es más o menos siempre lo mismo…” “Dale”, le dije “y no te preocupes que no nos bajamos del poema”.
Empezamos a caminar por la vereda entre la poca gente que quedaba, saludando con los brazos apenas levantados, mirando hacia el piso. El viento se levantaba cada vez más, despacito, pero se dejaba sentir en el pecho. Con el día ya del todo clareado y en medio de los remolinos de tierra que se iban formando me invitó a tomar mates a la casa. Imposible negarme por más sueño que tuviera.
Llegamos antes de lo previsto. La puerta sin llave, la radio prendida, las botellas vacías y los libros abiertos. Así era, desde que tengo memoria, la casa de Robertito. Puso la pava, limpió el mate, lo llenó con yerba “3/4, como corresponde”, y se tiró en la cama, desde donde me gritó que por favor le prenda el ventilador o le abra la ventana, pero no las dos cosas, “hay mucha diferencia.” Mientras le ordenaba un poco la mesa y limpiaba un plato sucio con un poco de pollo y un “culito” de pizza, sentí que ya no hablaba. Esperé tranquilo que el agua tomara la temperatura ideal y cebé el primer mate, directo de la pava, como a él le gustaba. Me debatí entre despertarlo o dejarlo tranquilamente que descanse. Apilé los libros que quedaban y encontré un cuaderno de hojas lisas con algunos dibujos hechos con lápiz y un pequeño escrito:

“No hay dos vientos iguales. Lo sabía. No es lo mismo el que entra por la ventana, sin pedir permiso, esquivando la lluvia, que aquél que nos llega de un ventilador. No por nada no podemos elegir cuándo recibir el empuje del primero, mientras que el segundo está al alcance de la mano. Cómo viajaba el vientecito entre las hojas raídas del arbusto.
Si te digo lo que me gusta caminar por la cocina a oscuras, de noche o bien de madrugada, cuando el sol aún no ha salido. Abrir la heladera y con el simple tacto darme cuenta de los tomates, la lechuga y la temperatura de la botella de cerveza. La abrazo con los dedos de la mano bien abiertos, justo en la curva entre el cuello y el cuerpo casi fresco. “No, todavía le falta…” me digo. Dar media vuelta y desde la ventana quedarme mirando ese viento que sé bien qué trae. El ventilador de pie ya apagado, porque el viento se hace hecho más fuerte y con solo correr la cortina alcanza para refrescar el cuarto y el pecho, que se desvive enrulado, en línea con los pelos de la cabeza y la barba, medios mojados y en total desorden.”
Terminé de leer y lo mire, mate en mano. Completamente dormido descansaba Robertito, horizontalmente sobre la cama. El ventilador apagado, le ventana abierta, la cortina volando, el viento entrando. Tenía que irme, me senté en la silla y me dormí lentamente con su respiración.

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