Lauro y su viaje al mar
Llegó con la pava en una mano y
el mate en la otra. Los brazos raquíticos, las venas bien marcadas, entre un
azul clarito y un verde acuoso. De frente se le veía la chomba gastada metida
dentro del pantalón, el cuello apenas grande le hacía ver uno pelos grisáceos
en el pecho. Me señaló con los ojos un lugarcito debajo de un árbol, casi al
reparo de la resolana del cielo blanco y me dijo “descansemos un poco a la
sombra de nosotros mismos y hablemos.” Hablaba así. Sabía cientos de poemas de
memoria. Decía que eran una forma más de tener a Renata siempre un poco más
cerca, y a nosotros nos divertía mucho que hablara con esas frases, más cuando
alguna se nos quedaba pegada y la podíamos usar para beneficios propios.
Me corrí un poco sin pararme,
usando los brazos como piernas y llegué debajo del árbol donde quería que nos
sentemos. “Aquél está durmiendo todavía. Me parece que hace unas cuantas noche
que no usaba la cama para dormir”, me dijo, sin esperar ninguna respuesta. Me
imaginé que tenía razón. Era lo más probable que mi amigo no haya dormido más
de dos horas en los últimos días, de modo que decidimos, tácitamente, no
despertarlo.
Después de haber probado el
primer mate, delicioso, con la temperatura del agua justa y el gusto suave de la yerba, se me ocurrió preguntarle por Renata. En esos momentos yo estaba plenamente enamorado de Manuela, al menos así lo sentía, y creo que de alguna forma intentaba comparar mi amor con el que él había tenido. Sabía muy bien que podían ser tranquilamente dos situaciones distintas, pero así y todo tenía ganas de oírlo. Le conté en muy pocas palabras lo que me estaba pasando con ella, como para darle pie a su historia, como para que arranque el motor. En contra de lo que yo me imaginaba Lauro no tardo ni un minuto en empezar a contarme. Me daba la sensación de que necesitaba también él hablar con alguien, respirar un poco de otra manera, recordar, tenerla aún más presente. Así, me dijo, todavía me acuerdo cuando la vi por primera vez. Tengo la imagen
pegada en las retinas. Nunca se me fue a ningún lugar. Yo tenía apenas quince
años. Acompañaba a mi padre en uno de sus tantos viajes como vendedor. Después
de recorrer el interior de la Provincia cientos de veranos, había decidido que
esta vez se jugaría a todo o nada por conquistar las playas. A pesar de las
quejas de mi madre por no estar en la casa haciendo las tareas y por mi bajo
rendimiento escolar, que ella asumía producto de “trabajar con el señor Ortíz”
(así le decía ella cuando se enojaba), ese Noviembre lo acompañé a mi viejo
comprar todo lo que él creía que iba a vender en su viaje. Una vez que llenamos
completamente el baúl y el asiento de atrás del auto, arrancamos los tres para
la costa del país. Fue en ese viaje donde, aburrido como estaba ya de caminar
por la arena, de escuchar a mi madre quejarse de los levantes del señor Ortíz,
de que “¿vos no venís a vender acá?” y “¿dónde se supone que esta la plata de
lo que vendiste?”, empecé a caminar por dentro de las ciudades. Hasta ese
momento yo creía que los lugares de la costa lo único que tenían era justamente la costa. No
me imaginaba ciudades enteras a más de tres cuadras de la playa. Pensaba que
sólo la gente que estaba ahí iba en los veranos y que después no eran ciudades,
sino sólo espacios donde la gente llegaba una vez por año para después de una o
dos semanas volver a irse. Cuando comencé a alejarme de las playas y empecé a
descubrir lo que ya estaba esperándome, me di cuenta de muchas de las bellezas
que escondían estas ciudades-playas. Fue en uno de esos recorridos por un
pueblito costero muy pequeño, donde mi padre había ido “nomás por el día Lauro,
si nos va bien a la noche nos volvemos y sino al mediodía, porque me dijeron que
no da para más”, que vi por primera vez a
Renata. No pude olvidarme nunca el recorrido que hice: de la playa donde me
separé del señor Ortíz, caminé derecho por la avenida principal, la única calle
asfaltada del lugar, unas cinco cuadras. Sin saber todavía por qué, doblé en
una esquina al azar, mientras iba mirando las casitas bajas y pequeñas. Seguí
el camino por la calle de tierra, tres cuadras, y justo cuando se estaba por
cortar la calle la vi. La casa era de ladrillos a la vista con puertas y
ventanas de madera pintadas de verde. Tenía una tranquera y un pequeño patio
delantero lleno de pasto y algunas plantas. En esos pastos, sentada en una
silla playera amarilla estaba Renata. Leía un libro con las piernas
cruzadas, tapadas con una manta que parecía traída de la india. A sus pies un
perro marrón y blanco me miraba con demasiado poco interés, mientras que a su
izquierda había una pava de metal, bellísima, y un mate pequeño con la bombilla
apuntando hacia mí. Tenía la mirada achinada clavada en el libro. El día no se
prestaba para ir a la playa recuerdo, y por debajo de la manta que le tapaba
las piernas sólo se veía el pie derecho con una sandalia de cuero...
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