Yo recién bajaba del colectivo. La avenida principal
desierta, poco iluminada. Las escalares de la escuela todas decoradas por las
palomas. El edificio centenario cubre toda la manzana, las persianas casi se
caen con un leve viento y las paredes están todas pintadas con aerosol. En la
esquina de la escuela está una de las tantas paradas del colectivo. A la
vuelta, el bar, la mesa de la esquina y la espera de Robertito. Tanta es la
espera que es bajar y verlo. Apenas las 22.40, casi nadie aún anda por esa
parte de la ciudad. “Lo del vasco” está todavía casi vacío. Entre el calor y la
hora se tarda en abandonar el hogar, sobre todo si es viernes. El “vasco” no
tiene aire acondicionado aunque sí grandes ventiladores en las esquinas, que
para estas humedades sólo tiran más calor.
Apenas unas parejas comiendo empanadas adentro. Afuera sólo Robertito espera. Ve pasar algún que otro auto y muchas motos, que aceleran al pasar por la esquina iluminada por el bar y lo ponen nervioso, putea al aire, se enoja sin perder de vista la chapita de la cerveza, que de a poco se calienta.
Me ve a una cuadra. Sabe que soy yo, que no ha quedado nadie más; sabe que no aguantaba más en su casa, que salió caminando como para hacer tiempo, para alejarse del encierro del hogar. Cuando reconoce mi figura empieza a reírse. Te contagia, no hay forma de evitar esa boca sonriente, lúcida, aunque llegues y el comentario no sea de los mejores. Camino apenas una cuadra y media para llegar y nos saludamos, como sabiendo que esa noche no nos podemos fallar.
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