lunes, 3 de febrero de 2014

Robertito III

Mientras me miraba caminar hacia allí ya había pedido un vaso más.
Ahí estábamos los dos, como hacía años no lo estábamos, como lo habíamos estado muchas veces sin saber que estaríamos tanto tiempo sin volver a estar. Quisimos charlarnos de todo, pero la marea de gente no tardó en llegar. Unos tras otros y unas tras otras, como si la mesa tuviera un imán, iban y venían de nuestra conversación. Sin que yo me hubiera dado cuenta de la situación, Robertito se había vuelto una persona imprescindible en la vida de quienes estaban llegando a la vasqueada. Yo sólo tenía recuerdos de algunas caras, que prefería no saludar. Así y todo la mesa no paró un segundo de recibir visitas. Era por lo menos extraña la situación de ser presentado a cada momento por mi amigo, inventando credenciales para los dos: títulos, trabajos, ocios que no existían. “Total después se olvidan”, me decía.
No tenía más remedio que creer en su genio, seguirle la corriente al verlo sonreírse, disfrutar de las historias que se inventaba, ver cómo hacía y deshacía ficciones de las mejores. Un chiste tras otro, a cada momento y en cada situación. Grupos de hombres, mujeres, jóvenes, viejos; nadie faltó esa noche en nuestra mesa. Parecía como si todos quisieran estar ahí sentados, al menos un rato, al menos para reírse, al menos para recordar alguna historia que tal vez era inventada, sentir que se habían sentado en esa esquina, con Robertito, como si fuera algo para después contarle a los nietos.

Yo lo veía moverse con total facilidad, incluso cuando no recordaba los nombres de quienes se le acercaban; incluso cuando no recordaba qué nombre él les había dado al conocerlos. Esa noche escuché que lo llamaron con tres o cuatro nombres distintos, y que cada nombre tenía detrás de sí una historia, que él no recordaba bien pero que podía medianamente hilar cuando le daban algo con qué comenzar.  Era un truco que usaba hace muchos años. No le gustaba su nombre, aunque con el tiempo aprendió a tomarlo con humor e ironía, usándolo para sacarles sonrisas a muchas mujeres, sólo por el gusto de verlas reír. “Ellas se ponen contentas y vos te divertís”, me solía decir.
En ningún momento de la noche hizo de cuenta que yo no estaba ahí, ni me dejó en ridículo, ni se hizo el desconocido ni dejó de presentarme. Todo lo contrario. Tal vez esa noche, porque estábamos solos, lo sentí mucho más cercano. Cuando empezaba a contar una historia me tocaba el pie por debajo de la mesa, me pisaba como cuando teníamos trece años y yo no lo miraba para que me pase las señas del truco. Me hacía quedar exageradamente bien con todos y todas, y aprovechaba al máximo los momentos en que no había nadie más sentado en la mesa para preguntarme “cosas serias”. Él mismo se ponía serio y le cambiaba la voz, como cuando se preocupaba realmente, lo cual no sucedía a menudo. Diría que se preocupaba mucho más por mi presente que por el suyo, aunque yo le insistía que no dejara pasar tanto tiempo para hacer las cosas que a él le gustaran. Me decía que tenía razón, pero que él iba despacio, que a lo mejor todas pensábamos que no estaba haciendo nada o estaba muy desorientado pero él se encontraba muy bien, estaba disfrutando mucho de las cosas que hacía, “aunque no te parezca Mauri…”, me decía, y se echaba a reír.


Así y todo estaba un poco cansado de que siguiera cayendo gente a la mesa. Quería hablarme de música, de lo que había estado escuchando; de libros, de mujeres, de Buenos Aires. Llegó a decirme apenas que le había encontrado la vuelta a la ciudad, que ni bien termine el verano iba a viajar de nuevo e intentar instalarse.
Cuando hablaba de esos temas me agarraba el paquete de cigarrillos, jugaba un poco con el envoltorio, sacaba uno, se lo pasaba por los dedos largos, se lo ponía en la boca y me miraba: “¿qué lindo, no?, pero no puedo, no paro de toser…”, y se reía a carcajadas finitas. “Lo mismo que saber de vinos, ¿no?”, le decía yo, para envalentonarlo. “Claaaaro… una minita, un vinito, en invierno, quedas como un duque, pero nunca le agarré la mano.”

Enseguida volvía a la seriedad de los temas que para él eran solemnes: quedarse un tiempo más en Buenos Aires, mi presente, la música. Todo eso lo ponía serio, hasta que llegaba la próxima visita a la mesa. Entre tanto me decía que le parecía muy bien que me haya tomado la relación con Manuela en serio, que me envidiaba por no poder tener él mismo una relación así y "haberla dejado pasar".
Yo sabía que él estaba contento realmente, pero que no era su intención estar en pareja. Yo sabía que prefería tener otra relación con las mujeres, aunque toda la experiencia de esa noche, todos los momentos “serios” que estábamos teniendo me indicaban que a lo mejor yo estaba más equivocado de lo que pensaba, y que tal vez ahora las cosas eran diferentes.
“Vos te despertas y estas acompañado de alguien que queres un montón”, me decía, contento, como con ganas, como si yo no lo supiera y no valorara a Manuela, “y eso vale mucho, y muchas veces me dan ganas de tener lo mismo que vos”.
Sin duda que una de las características esenciales de Carlitos es su honestidad, al menos con los amigos. En realidad, más que la honestidad, diría que la amistad es su máxima realización. Nunca me dijo, a mí ni a ningún otro amigo, “lo que queríamos escuchar”, sino todo lo contrario, lo que de verdad pensaba. Intentaba por todos los medios no mentirse ni mentirnos. Si no entendía, no entendía; si pensaba de alguna manera, te lo decía y chau, como cuando te decía que “déjate de joder, vos estas para cosas mucho mejores”, si te veía con una piba que no le gustaba para vos. Esto era aún más profundo cuando te sentabas mano a mano con él. Ahí ya no tenía que metamorfosearse según la conversación, y se adentraba de lleno en un sincericidio absoluto y descarnado, que te llevaba puesto hacia el abismo mismo de la sinceridad. Ahí mismo fue que me explicó con detalle muchas de las cosas que le habían pasado y que le pasaban esos días y me di cuenta de muchos cambios, al tiempo que me daba cuenta que esa noche no íbamos a poder hablar todo lo que quisiéramos. Sobre todo lo que tenía que ver con Manuela. Ellos dos habían tenido una historia profunda, compleja, dentro de la cual yo me había enamorado un poco de cada uno, pero mucho más de ella, sobre todo porque él no le daba la menor importancia a la relación.
Esa noche, en la cual, entre otras cosas, yo esperaba hablar largo y tendido de ese asunto, cada vez que comenzábamos a hablar seriamente sucedía algo, al punto que ya nos mirábamos como sabiendo que esa no era la noche para hablarnos sobre eso.
 

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